Año 2012.
Nueve de la mañana.
Principios de septiembre.
Bolso al hombro, nuevo collar, mi mejor sonrisa.
"¡¡¡Por fin estoy en la universidad!!! ¡¡He entrado a Medicina!! ¡¡Esto es real!! De aquí a ocho años estaré salvando vidas, paseando mi bata blanca por los pasillos de un hospital. O, quién sabe... ¿tal vez un pijama de cirujana?"
Año 2015.
Primera hora de la mañana.
Un centro de salud cualquiera.
Bolso al hombro, el colgante de siempre, mi mejor sonrisa.
"- Hola, buenos días. Soy una estudiante de Tercero de Medicina, tengo una práctica aquí hoy.
- Espera un momento, por favor. - llama por teléfono.- Sí, sube a la planta x.
Subo por las escaleras, sintiendo cómo los músculos de mis piernas se contraen y se relajan.
Ya ni siquiera recuerdo sus nombres.
Llego a mi destino.
La puerta está abierta; me están esperando.
- ¡Hola! Eres Iratxe, ¿verdad?
- Sí.- esbozo otra sonrisa. Me gusta estar de prácticas.
- Tienes ahí el perchero para dejar la chaqueta. Has traído fonendo, ¿no?
- Vale, muchas gracias. Sí.- una sonrisa aún más ancha que la anterior.
- Cuando estés lista, coge una silla y empezamos.
Me siento en un taburete que escojo al azar, y me coloco al lado del doctor@. Dejo mi fonendo en una mesita auxiliar.
Preparo mi mente para absorber como una esponja y me digo a mí misma: "hoy vas a aprender mucho".
Llega el primer paciente de la mañana.
Luego viene otro, más tarde otro más.
Patología más variada que otras veces, pienso.
Es la primera vez que veo una tromboflebitis.
Pacientes pluripatológicos, con infinita medicación.
Vértebras tocadas, futuras operaciones de corazón, alergias de origen desconocido...
Y, por encima de todo, ell@s.
Nuestros pacientes.
En realidad yo no soy su médico; ni conozco su historia clínica ni personal.
Pero durante los minutos que están sentados en esa silla, soy la estudiante sonriente y con cara de niña que oye, ve y calla.
Que les mira a los ojos mientras el médico o médica teclea y hace preguntas.
Que les observa de arriba a abajo: los gestos, la mirada, el tono de voz.
Que se pregunta ¿qué vida habrá llevado? ¿Tendrá hijos? ¿En qué trabajará?
Que, durante esos minutos, es menos médica que nunca.
Termina la consulta. La puerta se cierra, y mi docente comienza a hablarme.
Su voz irrumpe en mi cadena de pensamientos.
Me obligo a prestar atención.
- Mira lo que está tomando: "x", "y", "z". Vamos a retirarle "y" porque interacciona con "z". Sabes lo que es, ¿no?
Asiento con la cabeza. Pero miento. ¿Lo recuerdo? La verdad es que no lo tengo claro. Mi mente funciona frenética, intentando arrancar los datos del apelotonamiento de ideas sueltas que ha dejado el estudio de la Farmacología en mi archivo cerebral.
¿Veredicto? Mente en blanco. No tengo ni idea.
Un sentimiento de vergüenza y fracaso cae en mi estómago como una losa.
Esto no tenía que ser así. ¡Este no era el plan!
Yo iba a ser una gran doctora, ¡iba a hacer algo importante! ¿Cómo voy a hacer algo importante si ni siquiera me acuerdo de lo que estudié hace un mes?
Entra la siguiente paciente.
Es mayor, y le duele todo.
Le duele el alma.
Se desahoga con mi docente; son conocidos desde hace tiempo. Casi se le saltan las lágrimas.
Pasa un buen rato. Mucho más que en el resto de consultas.
Estoy atrapada en sus palabras, en su angustia.
Qué diferentes somos las personas, pienso. Unos lo superan, y otros se hunden.
Termina la consulta, y con ella mi turno.
Hora de irse a casa.
Monto en el autobús; encuentro una pareja de asientos libre junto a una ventana, y me acomodo.
Apoyo la frente en el cristal. Está frío.
No me quito de la cabeza a la última mujer. Ni a ella, ni a otros pacientes que me han impresionado.
Se me ocurre que me importa un bledo ser la heroína de nadie. Saber mucho, brillar.
¿Y para qué? ¿Acaso todo eso hará que sea capaz de mirar a los ojos a una persona, bajar hasta mi abismo para estar con ella en el suyo y decirle "sé que esto es una mierda, y no sé si voy a poder ayudarte, pero aquí estoy"?
Mi paciente no será mi paciente porque sea débil, sino porque sabe menos de ese campo de Medicina que yo. Punto.
Igual que algún día yo seré la cliente de algún abogad@ y no querré que me tomen por idiota, porque no soy menos que nadie. Simplemente, no sé de leyes. Pero si me explican, puedo aprender.
Nunca había reflexionado sobre esto antes.
Sabía que quería ayudar, pero un conglomerado de motivos se entremezclaban y se ponían la zancadilla unos a otros.
Ahora. en cambio,lo veo claro.
Quiero ayudar porque "quien no vive para servir, no sirve para vivir". Porque no puedo soportar estar de brazos cruzados sabiendo que alguien sufre y yo, tal vez, pueda hacer algo para aliviarlo.
Y voy a hacerlo desde la Medicina porque me gusta. Lisa y llanamente, como ciencia, me gusta.